"Vengo a Berlín como tantos de mis compatriotas lo hicieron antes de mí. Esta tarde, no os hablo como candidato a Presidente sino como ciudadano; un ciudadano orgulloso de los Estados Unidos y un conciudadano del mundo". Con estas palabras, después de los pertinentes agradecimientos a la canciller alemana Angela Merkel y su gabinete, Barack Hussein Obama iniciaba su discurso ante 200.000 personas, el 24 de julio del 2008, en la Columna de la Victoria. Victoria, precisamente, la que se produciría en las elecciones americanas en noviembre. Su campaña electoral dejó numerosas anécdotas, esperanza y mucho, muchísimo simbolismo político. Patrón que retomaría en la toma de su poder, emulando el trayecto en tren que recorrió Abraham Lincoln cuando fue nombrado presidente de los EE.UU.

Obama es, sin duda, el protagonista de la actualidad política a nivel mundial. Nunca se había generado tanta expectación en una reunión del calibre del G-20 que se celebrará en unos días en Londres. Obama deja un halo de esperanza y cambio allá por donde va. Sus discursos están llenos de energía, de propuestas de futuro y de cambio. Muchos analistas políticos atribuían a la oratoria, al marketing o, quizás, la coyuntura en la que nos encontramos, como clave no sólo en su victoria en las elecciones norteamericanas, sino en el calado social que ha tenido este político de origen keniata.

Será el marketing, será su oratoria, será su color de piel, será la coyuntura actual, será que George Bush ha sido el peor presidente en la historia de los Estados Unidos; pero lo que no cabe duda es que Obama es de los pocos políticos que ha logrado ligar las palabras cambio y esperanza a su nombre, y a la vez, concentrar a cientos de miles de jóvenes europeos a cuatro meses de las elecciones.